Si el hombre pudiera decir lo que
ama,
si el hombre pudiera
levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se
derrumban,
para saludar la verdad
erguida en medio,
pudiera derrumbar su
cuerpo, dejando sólo la
verdad de su amor
,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria,
fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería al fin aquel
que imaginaba;
aquel que con su lengua,
sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres
la verdad ignorada,
la verdad de su amor
verdadero.
Libertad no conozco sino
la libertad de
estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír
sin escalofrío;
alguien por quien me
olvido de esta existencia
mezquina,
por quien el día y la
noche son para mí lo que
quiera,
y mi cuerpo y espíritu
flotan en su cuerpo y espíritu,
como leños perdidos que
el mar anega o levanta
libremente, con la
libertad del amor,
la única libertad que me
exalta,
la única libertad por
que muero.
Tú justificas mi
existencia:
si no te conozco, no he
vivido;
si muero sin conocerte,
no muero, porque no he
vivido.
Los placeres prohibidos, 1931 La realidad y el deseo